,Montevideo, Uruguay

Verano en playa VIP de Punta del Este. Gente, uno supone, adinerada descansando en el mejor momento de Enero, pagando los servicios más caros del Cono Sur. Uno supone que no deben querer ser molestados. En eso suena un celular, como ahora todos suenan parecido, los VIP empiezan como locos a tantear bolsos, bolsillos y carteras, con desesperación que ni los bomberos en época de incendios. Allá uno encuentra el celular correcto y lo atiende.

Como estamos apretados (las playas VIP tienen eso) y nadie es pudoroso con sus conversaciones, escucho: resulta una bobada total, el nene quiere las chancletas, o algo así. La cosa se repite. Los celulares suenan toda la tarde y siempre son bobadas. Sorprende el estado de alerta de esta gente. Uno supone que veraneamos para desenchufarnos y no estar todo el tiempo pendientes de cosas como el dichoso telefonito, pero no. Debo estar muy despistado.

Hace poco leía un reportaje a Umberto Eco (*) en el que decía no compartir este comportamiento del hombre moderno en permanente alerta a la llamada o el mensaje de texto del teléfono móvil.

“Yo también tengo celular pero rara vez lo utilizo” dice Eco. “Y puede estar seguro de que no le voy a dar el número. Sólo lo utilizo cuando no estoy en casa y tengo ganas de llamar porque me atrasé o surgió algún imprevisto. Si no lo dejo apagado. No quiero estar localizable
en todo momento(…)


Me pasa lo mismo. Detesto estar pendiente de cualquier teléfono, mail, fax o señal de humo, excepto claro en situaciones de emergencias con seres muy queridos y cercanos, lo cual obviamente no pasa todo el tiempo. En general me considero libre y dichoso si puedo disponer de mi tiempo como se me antoje. En mi inocencia o quizás mi antigüedad en la forma de ver las cosas creía que la mayoría de la gente disfrutaba de su tiempo libre como yo, que por eso existen cosas como irse a acampar, a la montaña, al medio de un monte, o del mar, a lugares vírgenes, paradisíacos, lejanos y desenchufados de todo y de todos.

Sin estar en contra de los avances tecnológicos obvios que han representado los celulares y todos los servicios conexos a la comunicación, no veía qué ganábamos en calidad de vida estando pendientes de él, mas bien perdíamos, y por goleada si no aprendíamos a desconectarnos. Los que no lo hicieran, eran para mi, una manga de enfermos, neuróticos, y estresados.

Pero los celulomaníacos de la playa VIP no coincidirían con Eco, ni conmigo. Dudo que crean que el sonar de sus celulares en forma constante sea una pérdida de calidad de vida. Ni que se consideren “enfermos” por eso.

Estamos en una época en que las tecnologías de la comunicación se han desarrollado tanto que podemos estar conectados todo el tiempo con casi cualquier lado, acceder a casi cualquier contenido, a través de video, audio, texto, fotos, animación, y hasta satélites, pero nos estamos acostumbrando al acceso total e irrestricto de tal forma que nos condiciona a estar accesibles nosotros mismos, en forma recíproca. Algo así como: “Si todos los kioskos están abiertos las 24 horas, el mío también debe estarlo.”

Eco, muy sanamente creo, decía: “No quiero estar localizable en todo momento”. Hoy día cada vez mas personas dicen exactamente lo contrario: Quiero estar localizable en todo momento”. Generalmente exhiben buenas razones: “Los chiquilines quedaron solos” “Estoy por concretar un negocio” “Espero el presupuesto del plomero” . Eso dicen, pero la verdad es que casi la totalidad de las comunicaciones refieren a cosas banales, nada urgentes, hasta tontas.

Parece entonces que en estos tiempos tenemos que estar conectados , aunque no sepamos bien para qué. Lo dicen en los avisos de la Tele.
Lo dicen en las aulas de informática. Lo dicen los especialistas en educación. Lo dicen los publicistas y los gurúes en finanzas. Hasta los políticos lo dicen, y lo practican, juntando adhesiones y dinero en Facebook. ¡ Tenes que estar! Y si todos lo dicen, ¿cómo no hacerles caso?

¿Conectados a qué?

Sergio Sinay (**) terapeuta gestáltico, autor de Conectados al vacío”, dice allí:

“La sociedad actual es la mas conectada de todos los tiempos. Sin embargo cada día más personas están solas e incomunicadas como nunca. Confundimos cada vez más conexión con comunicación . Internet, telefonía celular, plasmas, y todo tipo de nuevos artefactos conforman una poderosa ola tecnológica que contribuye al equívoco. Vínculos humanos pobres, superficiales, inestables o inexistentes,
vidas vacías de sentido, miedo y desconfianza hacia el otro, manipulación, ausencia de empatía, compasión, y solidaridad, interrelaciones utilitarias, insatisfacción, infelicidad, aislamiento, son variantes cotidianas de lo que en definitiva es una extendida angustia existencial.”

No se me ocurre mejor síntesis de lo que vemos cada día en el consultorio. Mientras lidiamos con vínculos dañados o inexistentes, la industria de la “comunicación”, perdón debí decir conexión , que no es lo mismo, vende chirimbolos para no estar presentes en el AQUÍ y AHORA , e irse lo mas lejos posible a interactuar con entelequias virtuales.

Las aparentes ventajas de las conexiones a todos lados y con todo el mundo, se ven seriamente cuestionadas si las vemos a la luz de la educación de los jóvenes. Son ellos los que están aprendiendo a vincularse. La vida familiar, la escuela, el club, son lugares en dónde nos encontramos con otros, aprendiendo los códigos necesarios para participar en grupos.

Al mismo tiempo que aprendemos cosas tan concretas como tomar la sopa, el abecedario o el paro de manos, aprendemos también a mostrar afecto, a dirimir conflictos, a comunicarnos en vínculos con adultos, con pares, con autoridades, con los diferentes. Ese aprendizaje es presencial. Hay que estar. Hay que poner el cuerpo y las emociones, lidiando con las consecuencias de nuestras acciones en vivo y en directo. No hay nada de virtual en este proceso de aprendizaje que muy bien describe la Psicología Evolutiva , ya que en cada etapa de la vida los aprendizajes son definidos, en buena medida con, y por, OTROS. Otros concretos, profesores, padres, compañeros, de cuya presencia depende el propio proceso.

Llamativamente son los jóvenes que están pasando por este proceso de aprendizaje los que abusan de la tecnología en vez de vincularse cara a cara, mano a mano, corriendo todos los riesgos de estar presentes, aprendiendo a construir relaciones de verdad. Algo que no sabemos hacer si no lo aprendemos “en vivo”, con otros de verdad, que sientan cosas y las demuestren , que dén y reciban . Que sean, no que aparenten.

La tecnología ayuda a los que les cuesta estar presentes. A los tímidos, a los miedosos, a los que temen su sexualidad, a los que les cuesta sostener una identidad. En la adolescencia todo esto está en veremos. Es importante no huir de estos desafíos, enfrentarlos es parte del proceso de crecimiento. El atajo tecnológico permite que los miedosos se oculten tras un teclado, que se falseen identidades, que los más tímidos, inhábiles y “nerds” profundicen sus complicaciones para relacionarse en vez de superarlas.

Hay demasiadas ausencias en la vida cotidiana que también ayudan a la huida tecnológica.

Familias disgregadas, madres que trabajan, padres ausentes, hogares monoparentales y hasta “cero-parentales”, horarios de laburo interminables, hijos sobre ocupados. ¿A qué hora nos encontramos? ¿Cuándo tenemos un rato para conversar? ¿Cuándo nos reunimos y nos damos la oportunidad de ver que nos pasa, que sentimos, y como lo comunicamos? En medio de todas estas dificultades nos atiborran de aparatitos llenos de funciones, musiquitas y jueguitos, que nos hacen estar horas pendientes de pantallas y teclados, no de los ojos de alguien que está, el calor de una mano, la presión de un abrazo. La atención se desvía fatalmente de lo humano a la máquina. Aunque el pretexto sea, paradójicamente, el de estar “conectados”.

¡ Vínculos desenchufados, Ya !

Ante este panorama lo menos práctico, me parece, es que nos pongamos apocalípticos. Los fundamentalismos no sirven. Una horda de terapeutas humanistas saboteando servidores y haciendo pintadas en contra de Internet no creo que funcionen como ejemplo de salud.

La alienación, la masificación y creciente despersonalización de los vínculos humanos a lo largo de todo el siglo XX ha sido denuncia frecuente y nada original de la Sociología , la Psicología , la Antropología , la Filosofía , y por supuesto de casi toda expresión artística más o menos comprometida. Viéndolo en perspectiva este es solamente un capítulo mas del proceso.

Varias reacciones “contra sistema” han habido también: desde comunidades hippies, a proyectos de educación alternativos, y por supuesto psicoterapias, una de ellas, la Gestalt , que desde su nacimiento cuestiona la alienación de los individuos de acuerdo a un contexto social igualmente alienante. Aquello de que “ no hay figura sin fondo, del cual emerge ”, nunca ha sido más válido.

Creo que el problema siempre ha sido el mismo: el Hombre . No debemos atribuirle a la tecnología las culpas del mal uso que hacemos de ella. Una vez mas tenemos una herramienta formidable, como la rueda, la máquina de vapor, o la fusión nuclear en su momento, y una vez mas tenemos el desafío de darle un buen uso, claro que nunca faltan los que hacen armas y toda clase de desastres.

En el caso de la tecnología de la comunicación los desastres son quizás menos visibles. Pero también graves, si no los vemos venir.

Hoy parecen ingenuos los chistes de Quino en la época en que a Mafalda los padres no le compraban un televisor por miedo a que quedara “tarada” frente a la “caja boba”. ¡Qué lejos estamos de aquellos temores! Tenemos por ejemplo el maravilloso “Plan Ceibal” para que cada niño tenga su “laptop”, la versión moderna, mas sofisticada e interactiva, de la “caja boba” de Mafalda. Y está bien. El problema, igual que cuando se inventó la rueda, es el de enseñar a darle el mejor uso posible a la nueva tecnología. Para eso necesitamos personas presentes . Entrenadas y capaces, una maestra, un papá o una mamá, pero repito, y subrayo: mas presentes que nunca.

Esos educadores son los que en vivo y en directo acompañarán a los que se inician en el buen uso de la tecnología. No pueden ser entrenadores virtuales, ni padres desenchufados. Será necesario que sentados juntos exploren las herramientas de la computadora, el celular o el aparato que sea. Compartir la experiencia con ese Otro privilegiado que está con nosotros guiándonos seguirá teniendo la misma importancia vital que en la época del invento del arado o de la máquina de vapor. Nada ni nadie puede sustituir esa experiencia. Para lo cual debemos estar muy presentes, en el Aquí y Ahora.

Esos mismos adultos presentes y comprometidos también podrán enseñar cuando parar de navegar en lo virtual para relacionarse con el otro de carne y hueso. Lamentablemente pocos padres entienden esto.

Los padres modernos súper ocupados y aislados cada uno en su mundo, virtual o no, se complican para entrenar vínculos en los que estar presentes es fundamental. A estar en pareja, en familia o en grupos de pares se aprende estando . En las casas modernas muy a menudo no hay nadie, y si hay, están cada uno en su cuarto enfrascados en sus cosas. Las soledades no son culpa de los aparatos que usamos para justificarlas. Los aparatos nos dan la excusa para no estar presentes. Además nos hacen sentir tan poderosos que creemos que manejamos “los vínculos” como queremos, que prendemos y apagamos a alguien a nuestro antojo.

Esa omnipotencia con la que nos manejamos en el mundo virtual es la que muchas veces nos lleva a la impotencia y el fracaso en vínculos reales en donde los códigos son otros.

Se me ocurre que este es el costado más peligroso de la tecnología mal aplicada. Quizás no tan peligroso como la bomba atómica, pero dañino para los vínculos ya precarios de una vida familiar atomizada, y sobre todo para los mas pequeños que están en proceso de aprendizaje y todavía no adquirieron la madurez necesaria para diferenciar los códigos de los distintos mundos.

Precisamos diagnósticos precisos de estas situaciones . No basta con despotricar contra los celulares, “los floggers” o la cantidad de horas que los chicos se encierran en sus cuartos. Debemos saber que no combatimos una tecnología, sino conductas inadecuadas con esas tecnologías. Debemos enseñar a usar las herramientas a los chicos, para que no manejen sus vínculos como si fueran un “video game”, para que no se expongan, para que no manipulen o sean ellos los manipulados, para que no consuman gente como si fueran galletitas. Para que no crean que la amistad es lo que dicen en “ Facebook ”. Ni el amor lo que encuentren en los “ Chat”.

Precisamos abordajes terapéuticos sistémicos . Que enfoquen el todo y no las partes disgregadas. Que se puedan tratar situaciones familiares en conjunto, no personas por separado, supuestamente “depresivas” o “fóbicas” (los diagnósticos más fáciles, y más inexactos) a las que al barrer se les recetan psicofármacos.

Precisamos terapeutas, maestros, padres, que vean la paja en el ojo propio y que puedan corregir actitudes equivocadas, errores y omisiones en los procesos educativos y estén dispuestos sin prejuicios a cambiar.

Y precisamos crecer
. Convertirnos en mayores de edad como sociedad, todos y cada uno, en vez de quejarnos interminablemente, lavarnos las manos, o acusar siempre a alguien más, como hacen los chicos. Hay que enfrentar esta realidad compleja con madurez. Por más que no nos guste, no podemos “deletearla”.

(*) Escritor, ensayista, semiólogo, italiano. Autor de entre otros títulos de “Apocalípticos e integrados” (1965) y “El nombre de la rosa” (1981). En reportaje del suplemento “Ñ” de diario Clarín, de 25-10-2008.

(**) Escritor argentino, gestaltista, autor de entre otras obras: “La sociedad de los hijos huérfanos”, “La masculinidad tóxica”
y “Gestalt para principiantes”