Celos Celestes (Caín era Uruguayo)
Otros artículos: Hablando de ética, Guerras, La violencia de los mansos, Acceso Total
   



,Montevideo, Uruguay

Es muy común que cuando nace un hermanito los papás se preparen para le reacción adversa del hijo que nació primero, “está celoso”, dirán.
Todos más o menos lo entendemos, ha llegado otro ser a ocupar un espacio que antes era para uno solo, los afectos, la atención exclusiva, hasta la comida deberán empezar a compartirse con ese “ extraño” que pone en jaque el ego del más pintado. Crecer en estas circunstancias significa aprender a compartir, a dar lugar al otro, a “achicarnos” para que otra vida crezca. Los hermanos deberán enfrentarse para defender lo que entiendan que es su espacio vital, para que les presten atención, para que les hagan un mimo, compitiendo como todo ser vivo para lograr cada cosa del hábitat que comparten con otros. La lucha por la supervivencia cuando hay competidores se complica, pero es parte del desafío de estar vivos. Por supuesto podemos llegar a amar a quienes comparten la experiencia de crecer junto a nosotros, pero no podemos olvidar que siempre pueden disputarnos el espacio vital, y cuando lo hagan, empezaran los problemas. En la llamada “competencia fraterna”, un clásico conflicto familiar desde que el mundo es mundo, los celos entre hermanos nos muestran una parte “oscura” del ser humano: no venimos a esta vida naturalmente dotados para dejar que otros entren en nuestro espacio vital, compartirlo, y todavía amarlos incondicionalmente, sería muy idealista creer que poseemos estas cualidades innatas. Más bien parece lo contrario, venimos muy decididos a sobrevivir cada uno en una relación exclusiva con nuestra mamá, papá, abuelos, entorno familiar, y defendemos eso con uñas y dientes, instintivamente, sea quien sea que llegue a entrometerse. Los hermanos, “esos otros”, son competencia, más o menos dura, educada o salvaje, pero competencia al fin. Muchas veces los padres, los educadores, hasta los psicólogos nos olvidamos de poner esto en sus justos términos, “el amor fraternal” no es algo que florezca por doquier, más bien parece una tregua en el medio del combate por el espacio vital, o alianzas para conseguir algo concreto, como mucho excepciones cuando la competencia por la vida, el espacio y el amor, no se esté llevando a cabo.
Los competidores pueden aprender a ser leales contendientes, traicioneros, generosos, mezquinos, buenos o malos perdedores, valientes, cobardes, astutos, cínicos, o prescindentes. Puede haber competencias de guante blanco, o masacres. Partidos amistosos o guerras interminables. Pueden haber desde padres que adjudican roles de “bueno” y “malo” a cada uno de los hermanos, arbitrariamente, hasta la negación de que exista competencia alguna, y muchas variantes más.


Un ejemplo clásico del asunto y su resolución (o no) es el de Caín y Abel, los primeros hermanos según la Biblia, veamos su historia:


Caín cultivaba la tierra y era, según los textos tradicionales, malo, envidioso y díscolo; Abel cuidaba ovejas y parece que era bueno, religioso y obediente. Los dos ofrendaban a Dios los mejores frutos de su trabajo, Caín los de la tierra, Abel las mejores ovejas de su rebaño. Pero Dios parecía preferir las ofrendas de Abel, el humo de la hoguera del sacrificio de Abel subía recto hacia el cielo, mientras el de Caín se disipaba en la tierra, y él, como es lógico, se moría de celos.


Un día, con la paciencia colmada porque una vez más el Dios venerado por ambos prefirió la ofrenda de su hermano, Caín decide matarlo. Lo invita a pasear por el campo y el bueno de Abel, sin sospechar nada, accede. Caminan, hasta que llegan a un lugar desierto en el que su hermano lo acomete y mata golpeándolo con un palo. Luego huye, horrorizado por su propio crimen. Pero la voz de Jehová no tardó en alcanzarlo: “¿Caín, Caín, dónde está tu hermano Abel?”
“¿Cómo puedo saberlo yo?” intentó mentir el fratricida, “¿soy acaso el guardián de mi hermano Abel?”

Pero Dios continuó:”La voz de la sangre de tu hermano Abel está clamando a Mí desde la tierra. Maldito, pues serás tú desde ahora sobre ella que ha abierto su entraña para recibir la sangre de tu hermano derramada por ti, aún después de labrada te negará sus frutos y andarás errante por el mundo.” Sobre su frente quedó impresa una señal para que los demás hombres reconociesen en él al primer homicida.
Termina mal el primer caso de competencia fraterna de la historia, pero convengamos que Dios, el gran padre, prefiere tan injustamente a uno de sus hijos sobre el otro, que lo lleva al punto de odiar mortalmente al gran rival en la competencia por su aceptación. Si lo hubiéramos podido tratar en una terapia de familia le habríamos pedido a este padre que tan caprichosamente prefería los sacrificios de uno, ignorando los del otro, que repartiera un poco más equitativamente su afecto, y así, quizás, evitar el fatal desenlace. La historia es muy poco ejemplarizante en cuanto a la sanación de un conflicto entre hermanos, pero muy buen ejemplo de cómo hacer para que un hijo quede traumado para siempre. Caín con su marca en la frente y cargando con la humillación más importante que alguien pueda soportar debe seguir viviendo y, lógicamente, reproduciendo sus peores aspectos en sus hijos y los hijos de sus hijos. La condena del padre lo convence de que no puede ser otra cosa que “el malo” por excelencia. Una pésima lección del padre bíblico en una época dónde no había psicólogos familiares.

Sin llegar a tales extremos muchas familias polarizan de manera parecida a los hermanos, enfrentándolos sin saberlo. Se marcan repetidamente virtudes en uno, se lo pone como ejemplo al otro y se repite esto constantemente. A su vez se pone como ejemplo negativo al segundo, se lo estereotipa fabricando un modelo, imposible de desmentir por el damnificado, de quien hace las cosas “bien” y quien hace las cosas “mal”, hasta que los dos niños que están creciendo toman como propias esas opiniones de sus mayores. Y se las creen. Creen que intrínsecamente son “buenos” o “malos”, totalmente o en parte. Eso se transforma en su “personalidad”, es decir un conjunto de ideas que tenemos acerca de nosotros mismos, construido en base a lo que nos trasmiten quienes nos educan, padres, hermanos, maestros, etc. Así terminan por modelarse personas con estigmas como Caín, cuyos padres designaron “malos”, o personas que creen que están perdonados de por vida porque los padres los eligieron para ocupar el lugar de “buenos”, por decir dos extremos de un abanico de posibilidades caprichoso según como les haya ido con las proyecciones que recibieron en sus primeros años de vida.

Debe aclararse que en general los padres no son muy conscientes de las “nominaciones”, ellos opinan, comparan, juzgan, proyectan a discreción toda clase de prejuicios, pseudoverdades, inventos, reforzando introyectos que se transforman, con el paso de los años, en verdades absolutas para quien los recibe. Después los que debemos encargarnos de las neurosis, los sentimientos de culpa, las exigencias desmedidas, los fantasmas, somos los psicólogos en las sesiones de terapia. ¡Vaya trabajo que nos dan! Pero por ahora estamos hablando del asunto a nivel del sistema familiar, ¿podrá pasar algo parecido a nivel social? ¿Y cómo sería?


Hermanos Compatriotas

Podríamos pensarnos a los integrantes de una sociedad como un grupo de hermanos en el cual el sentimiento de pertenencia al grupo sea tanto o más fuerte que el existente en una familia. Unidos por un pasado común, cultura, usos y costumbres, con himnos y símbolos patrios que nos distinguen de otras comunidades, hasta con enemigos que nos hacen juntarnos para combatirlos, luchando por la supervivencia, intentando perpetuarnos y reproducir en la descendencia las características que nos hacen ser quienes somos, todo esto puede hacernos sentir “hermanos” dentro del grupo que integramos. Y como con los hermanos en cualquier familia, tendremos problemas parecidos.

Al igual que toda familia tenemos leyendas colectivas que explican nuestra existencia: de dónde venimos, a dónde vamos, cuales son nuestros valores, como somos, como debemos ser. Los libros de historia, los códigos de leyes, lo que aprendemos en la escuela, entre otras “Biblias”, forman nuestra “personalidad” como colectivo, codificando los mensajes educativos( buenos o malos, conscientes o inconscientes) con que vamos armando una identidad, de manera parecida al proceso de formación de identidad individual. En el caso de una nación el lugar de “padre” lo ocupan los fundadores, los próceres, los gobernantes. En sus mensajes están los introyectos con los que vamos fabricando lo que después entendemos como “identidad nacional”, que no es ni más ni menos que una personalidad compartida.

“Orientales la patria o la tumba” en el himno, “libertad o muerte” en la bandera de los 33, la camiseta celeste, o el mate amargo, son ejemplos grandes o pequeños de lo que nos identifica en esta “hermandad” uruguaya. Algunas ideas sobre nosotros mismos son por supuesto muy razonables y bien fundamentadas, como venerar a los héroes de la gesta Artiguista, o celebrar lo de Maracaná, pero otras pueden llegar a ser arbitrarias y hasta absurdas como vanagloriarnos de ser el país más “europeizado” de Latinoamérica y al mismo tiempo deplorar la extinción de los charrúas.

Según el historiador Gerardo Caetano la generación que inventó el imaginario fundamental del Uruguay, aproximadamente entre 1875 y 1890, integrada por Zorrilla de San Martín, Acevedo Díaz, Blanes, Varela, Bauzá, Ramírez, entre otros, apuntaba a una idea de identidad nacional casi perfecta en la que los orientales éramos algo así como un compendio de virtudes para la humanidad. Un ejemplo paradigmático de la mentalidad de los uruguayos de fines de siglo XIX, gran parte del siglo XX, y que persiste en buena medida hasta hoy, está reflejada por el manual de geografía de Luis Cincinato Bollo, editado en 1885 y reeditado hasta los años 30. Varias generaciones de uruguayos aprendieron su “leyenda familiar” mirándose en este espejo que examinado en el presente puede parecernos exagerado o utópico. Veamos un fragmento, por demás explícito, de las ideas que de nosotros mismos aprendimos a tener según uno de los manuales educativos que probablemente más influyó en la “mentalidad nacional”.

“Nuestra civilización no tiene que envidiar al país más adelantado de Europa; al contrario supera a muchos de ellos. Y debe ser necesariamente así: porque nosotros no tenemos prevención a los extranjeros, como pasa entre las naciones europeas. (...) Nosotros tratamos por igual a todas las naciones que nos envían los productos de su trabajo y tenemos así a la vista para elegir, lo mejor que produce cada país en alimentos, vestidos, máquinas, herramientas, etc. Somos un país cosmopolita; más de la mitad de la población de nuestra capital es extranjera, predominando los italianos y los españoles. Nos vestimos según las modas de Paris, comemos lo mejor que produce cada país europeo, usamos automóviles italianos, alemanes, ingleses, americanos, y nuestros talleres tienen las máquinas más perfectas que se conocen. Conocemos los grandes inventos antes que muchas naciones de Europa. En nuestros campos trabajan las máquinas más perfeccionadas para arar la tierra, hacer la siega del trigo, del lino y las trillas. En nuestra Universidad y en los Liceos usamos los mejores textos que se editan en el extranjero y otros que escribimos teniendo a la vista modelos como los que se usan en Europa y Estados Unidos. No obstante esto, nuestro insaciable afán de progreso nos hace parecer malo todo lo que tenemos. Este defecto nuestro es menos perjudicial que el contrario, que con tanta frecuencia se ve en Europa; cada nación cree que no tiene nada que aprender de la vecina.”


Verdaderamente el autor no se ahorra argumentos para intentar distinguirnos por encima de otros países, pero veamos como lo hace en especial con nuestros “hermanos argentinos”:


“En nuestro territorio no se necesita construir pozos para dar agua al ganado, como sucede en la Argentina (...). En la República Argentina los ríos Primero, Segundo y Tercero (...) no tienen el caudal de los arroyos nuestros. (...). En la República Argentina hay muchos puntos en los cuales a pesar de hacer bastante calor, no hay plantas, porque llueve muy poco. (...) (Como país ganadero), la República Oriental (...) supera en mucho a la Argentina (...). Los vacunos de la República Oriental dan una carne más sabrosa y nutritiva que los de la Argentina. (...) Todas las ciudades del mundo cuentan sus habitantes (...) agregando a la población de las ciudades propiamente dichas la de los arrabales. (...) Lo mismo hacen en la República Argentina y a eso se debe que las ciudades del litoral argentino sobre el Uruguay parezcan más importantes que las nuestras, aunque no lo son. (...) Montevideo es la variedad no la uniformidad aburrida de Buenos Aires, con sus calles siempre iguales, planas sin horizonte.”
Bollo, uno de los padres de la sensibilidad uruguaya elige la comparación para demostrar que le ganamos casi en todo a los “hermanos” argentinos, y para colocarnos por encima de países europeos, o americanos.
Construye un imaginario colectivo que podría resumirse en esta frase sintomática: “Nosotros no tenemos que envidiar, por nuestra civilización a ningún país de América; estamos a la cabeza en todo.” Sospechoso método para fabricar una idea positiva de nosotros mismos el de desmerecer a los otros. Hace acordar a los hermanos chicos que celan y se quejan de los grandes en su imposibilidad de vencerlos.


La visión idílica de nosotros mismos del aquel viejo manual de geografía se parece bastante a la del paraíso bíblico, y la historia se repite, hemos sido expulsados: a los uruguayos de estos tiempos nos es difícil creer que quede algo del país descrito por Bollo, o que alguna vez haya existido. Como Caín podemos vernos a nosotros mismos abandonados de la mano de Dios, perdida la bonanza que disfrutaron nuestros abuelos. Si hasta los gobernantes, otrora venerables, ya no parecen merecer nuestra confianza. Como Caín no tenemos un padre que nos proteja. Como Caín miramos para el costado, y cuando vemos a uno que le va mejor que a nosotros, sentimos odio.

Uruguayos celosos, de América y el mundo


Uruguayos campeones de América y del mundo...”, decía la canción escrita en una época de mundiales ganados y vacas gordas. Ahora no le ganamos a nadie y tenemos la autoestima baja, no solo la futbolística. Como Caín vemos como a otros les va bien, otros que parecen tener el cielo ganado, o por lo menos que reciben el favor de alguien de arriba, no sabemos si son suertudos, acomodados, o gente realmente capaz, pero nos dan bronca. Nos parece que siempre son los otros los que tienen cosas mejores, no sabemos por qué. Igual que Caín nos hemos esforzado en hacer las cosas bien, pero siempre son otros los que parecen ganar.


La Leyenda familiar nos decía que como país éramos el “summun”. Una mezcla de lo mejor de Europa, imbatibles en América, modernos, bien educados, con características geográficas excepcionales. Ricos, ganadores, sin guerras, sin catástrofes naturales: “como el Uruguay no hay”. En este paraíso que Bollo describía en su libro quizás estaba tratando de hacer realidad el sueño de sociedad perfecta que traían los inmigrantes europeos venidos a “hacer la América”. Pero un par de generaciones después nos sentimos como Caín, sin paraíso en el que creer, abandonados de la mano de dios.


Nuestra leyenda también nos decía que todos éramos más o menos iguales, el batllismo con sus conquistas sociales más o menos logró convencernos. No había ni uruguayos muy ricos, ni uruguayos muy pobres, decía la leyenda. La medianía se transformó en parte de nuestra identidad. “Nadie es más que nadie ”, o por lo menos así creíamos que debía ser. Pero hoy vemos como unos pocos, siempre los mismos, se enriquecen mientras el resto no sabe para dónde agarrar. “El Estado benefactor”, el “empleo público”, las “jubilaciones aseguradas”, van cayendo mito tras mito, y nuestra idea de estar “a salvo” en la “Suiza de América” se pierde cada vez más. Y perdida la fe, solo queda soñar con irse a lugares mejores, que todos lo parecen, al revés de lo que decía el libro de Bollo. “Uruguayos, uruguayos, dónde fueron a parar, por los barrios más remotos de Colombes y Ámsterdam”, canta Jaime, en alusión a los se van a buscar afuera un mundo mejor, nietos de los que vinieron a construir un paraíso que los uruguayos modernos conocemos solo de cuentos.


Como Caín desconfiamos de cualquiera al que le vaya bien. Tener un poco más de plata que los demás, ser famoso, andar bien vestido, cambiar el auto, viajar, hasta hacer una fiesta pueden convertirse en actitudes sospechosas. Siempre habrá algún Caín con bronca dispuesto a “matarnos” con comentarios como estos: “Este la plata no la hizo trabajando”, “en alguna jodita anda”, “seguro anda en la droga”, “¿no será trolo, este?”, “¿habrá metido la mano en la lata?”. Y nosotros, Caínes también, no perderemos la oportunidad de “devolver la gentileza” apenas tengamos la oportunidad.

Conviviendo con 3 millones de Caínes en la calle, en la cancha de fútbol, en el trabajo, en cada oportunidad de compartir algo aparece la desconfianza, la cara de traste, el enojo. Subirse a un ómnibus, manejar un auto, hacer un trámite, caminar por cualquier barrio puede mostrarnos el estado de ánimo de esta “familia uruguaya”, en la que parecemos estar “todos contra todos”, como los hermanos bíblicos, creyendo que el otro es un posible enemigo, no un hermano en el buen sentido.
Como Caín nos sentimos con un estigma. Abandonados de la gracia de ¿Dios? ¿los políticos? ¿los mercados?, quien sabe; en fin, la cosa es que vivimos lamentándonos de nuestras desgracias. ¿Quieren comprobarlo? Quéjense en voz alta. En cualquier lado, en la intimidad de su círculo familiar o en público, en los lugares más diferentes, entre amigos, o desconocidos, siempre, siempre, siempre, habrá otro uruguayo dándoles la razón. ¡No falla nunca! Podemos estar en desacuerdo en casi todo, pero para vernos negativamente, y lamentarnos, hay unidad nacional. “¡Ay de mí!”, así podría llamarse el himno de los uruguayos de estos tiempos.

¿Estaremos malditos? Quizás, pero no son los dioses, somos nosotros mismos.
Hemos pasado demasiado tiempo venerando el altar de “lo petiso es hermoso” como dice Hugo Achugar, justificándonos como país a través de visiones de nosotros mismos exageradas, que compensen la pequeñez real: “Al no crecer la pequeñez se vuelve arrogante, imperial, dictatorial, autoritaria. Al no airearse el país pequeño se hace tribu, clan, patota, mafia. Entonces el microclima de la tribu elabora consignas salvadoras y compensadoras: “Napoleón era petizo y conquistó Europa”. “El extracto viene en frasco chico”. O para recordarlo una vez más: “Como el Uruguay no hay”.

Al tratar de negar que somos lo que somos proyectamos en otros las culpas de nuestras desgracias. El síndrome del petiso arrogante es el del que no asume su real tamaño y sus reales posibilidades. Intentando ser lo grandes que no somos: fracasamos; después culpamos a otros, decimos que se abusan, que nos cagan, que no nos dejan crecer. Como Caín estamos muy preocupados de lo que hace el otro en vez de centrarnos en lo que podemos mejorar de nosotros mismos, de acuerdo a la dimensión real de nuestras posibilidades. Le echamos la culpa a los políticos, a coyunturas internacionales, al clima, a los porteños, a los directores técnicos, a nuestros viejos, a casi cualquier cosa que nos ayude a mantenernos libres de la responsabilidad de hacernos cargo de nuestros errores. Habría que recordar a nuestros abuelos que venían huyendo de las guerras y miserias del viejo continente, llegaban aquí a otras guerras, y seguían viendo esto como el “paraíso”. La dureza de nuestras supuestas “crisis” ni se asemeja a las condiciones de vida del siglo XIX, pero para nosotros esto es casi el “fin del mundo”.

Cualquiera diría que no estamos a la altura de nuestros antepasados.
En momentos así es bueno recordar que hace más o menos cien años llegaban a este país inmigrantes con costumbres distintas pero sueños parecidos. En vez de crear una torre de Babel hicieron realidad un país integrador. Se portaron como “buenos hermanos”, compitieron, pelearon, pero se unieron al final. No fue un paraíso pero se parecía en el sentido de que había intención de convivir con armonía.
¿La habremos perdido? Si lo hicimos, por favor no culpemos a otros. Asumamos la responsabilidad que cada uno tiene y empecemos a reconstruir una convivencia pacífica con el que tengamos más a mano, con el vecino, con la suegra, con el portero, cualquier comienzo es bueno. No esperemos que venga nadie a salvarnos, no gastemos energía en lamentarnos ni en atacar al que tenemos al lado, aunque en nuestra paranoia parezca un enemigo. Si entendemos esto quizás podamos sobrevivir a tanta maldición, ayudándonos entre todos, como buenos hermanos.

Referencias Bibliográficas:
Achugar, H. “Uruguay, el tamaño de la utopía” en “Identidad uruguaya: ¿Mito, crisis o afirmación?” Trilce, Montevideo . 1992.
Browning, W. R. F. “Diccionario de la Biblia”. Paidos, Barcelona. 1998.
Caetano, G. “Nosotros y los otros en el MERCOSUR”.
Ponencia en el Seminario Regional “Mirando a los otros. Factores culturales de la integración”. Salto. 1996.