Guerras
Últimamente los occidentales estamos tan civilizados que nos creemos que todo
tiene una explicación razonable.
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,Montevideo, Uruguay
 

La guerra por ejemplo, suele ser uno de los fenómenos humanos que más explicaciones “lógicas” recibe de periodistas, politólogos y todo tipo de “expertos”. Aunque no esté muy claro qué es lo que tratan de explicar, ellos arremeten con datos históricos, fechas y análisis de coyunturas políticas, geográficas y sobre todo económicas. Las benditas explicaciones económicas que supuestamente todo lo validan son las que tienen mejor aceptación en el público desprevenido, pero habría que recordar ante tanta “sapiencia” que no hay nada más antieconómico para un pueblo que una guerra: campos arrasados, comunicaciones cortadas, servicios destruidos, sin industria, comercio ni educación, le podríamos preguntar a un serbio, o a un iraquí, para que cuernos le sirvió la guerra a su país. ¿Por qué no dejan de pelear y ahorran plata? Seguramente los gobernantes que se benefician vendiendo armas, o saqueando riquezas naturales a quienes no pueden defenderlas no lo permitirían, pero todavía las explicaciones de por qué los seres humanos de a pie nos damos el lujo de jugar a la guerra que solamente les conviene a los poderosos que las miran por la tele, siguen sin ser tan sencillas. O tan lógicas.

En los Balcanes, en el cercano Oriente, en el país vasco, en India, en Tibet, en Africa sub-sahariana, y tantos lados más, conviven en tensión crónica pueblos diferentes y, sobre todo, enfrentados por que son diferentes . Culturas diferentes, religiones diferentes e identidades supuestamente basadas en esas diferencias.

Las diferencias con los otros son para estos pueblos tan importantes como el himno o la bandera patria para cualquier país. Si lo miramos más detenidamente todos los países basan su identidad en no ser como los otros. Estas diferencias pueden ser expresadas de una forma más o menos virulenta, pero todo país, comunidad, o etnia que se respete debe definirse según un conjunto de “cualidades únicas” que sólo les pertenecen a ellos y a nadie más. ¿De qué serviría ser uruguayos si fuéramos exactamente iguales a los argentinos? ¿Para qué ser anglosajón protestante si fuera lo mismo que ser un latino católico? ¿Para qué necesitaríamos un barrio chino o un Harlem en Nueva York si las diferencias raciales no existieran?

De las diferencias con los otros “que-no-son-como-YO”, construimos nuestra propia identidad, a nivel de grupos humanos lo mismo que a nivel individual.
Cada ser humano desde el comienzo mismo de su existencia emprende un trabajo de construcción de su YO que lo lleva a identificarse por oposición a todo lo que no es, o no le pertenece. Cada identificación genera un par antagónico: YO-TU. BUENO-MALO. HUMANO – ANIMAL. HOMBRE-MUJER. ADENTRO-AFUERA. CERCA-LEJOS. IGUAL-DISTINTO. VERDAD-MENTIRA. CIELO-INFIERNO. JUSTO-INJUSTO. VIDA-MUERTE.

Cada uno de nosotros podría definirse eligiendo uno de los polos de una gama casi infinita de binomios y descartando el polo opuesto. De hecho construimos el mundo de nuestras percepciones catalogando en forma de pares opuestos cada cosa con la que nos enfrentamos. Uno de los polos nos define y el otro es excluido por ajeno de nuestra esfera yoica. YO versus NO-YO es lo que nos permite tener una identidad, nos define, pero también nos embarca en un conflicto con lo que nos resulta extraño o ajeno.

Desde que el mundo es mundo y los humanos lo habitamos no hemos hecho otra cosa que pelearnos con lo que consideramos diferente, con mayor o menor grado de virulencia.

El NO-YO , enemigo arquetípico de la humanidad que C.G.Jung describe maravillosamente con su concepto de SOMBRA , no es otra cosa que “todo lo que no somos” transformado en amenaza. Monstruos verdes, zombies, vampiros, máquinas fuera de control, insectos gigantes, nazis, leprosos, marcianos, japoneses en la segunda guerra, tipos barbudos con turbante, o pinta de terroristas, todo bicho raro va a parar al arquetipo de VILLANO: DEBEMOS DESTRUIRLO . Casi toda película de acción respetable nos lo dice.

Algunos hombres que nos creemos fuertes peleamos denodadamente contra la debilidad, otros que se ven inteligentes luchan contra la ignorancia, propia y ajena. Mujeres lindas luchan contra la fealdad, neuróticos civilizados luchan contra sus aspectos primitivos, los prolijos luchan contra la tentación de ensuciar y los desordenados tratan de organizarse. Todos, identificados con algo de nosotros mismos, nos pasamos buena parte de la vida combatiendo a la “Otra Parte”, nuestra, pero alienada. Porque somos fuertes y débiles, ignorantes e inteligentes, buenos y malos, lindos y feos, lejanos y cercanos, civilizados y primitivos, al mismo tiempo . Pero la necesidad de construir un YO (absolutamente natural por cierto) nos obliga a dividir el mundo en pares de opuestos y así enfrentar a los demás a los que les proyectamos nuestros aspectos más rechazados. Ellos, investidos de nuestros temores, son siempre EL ENEMIGO .

Nuestra concepción de salud en terapia Gestalt pasa por integrar a los aspectos rechazados, dejando de proyectar en otros conflictos propios.

La necesidad de combatir al diferente es perfectamente familiar para cada uno de nosotros en singular. No nos creamos ajenos.

El Medio Oriente está mucho más cerca de lo que sospechamos. ¿Dónde? En cada esquina a la que llegamos manejando un auto y nos creemos que hay que ganarle de mano a ese extraño que se nos interpone. Está en nuestros prejuicios que nos hacen ver como a enemigos a los que no tienen nuestro mismo color político. Está en las tribunas de los clásicos futboleros. Está en nuestra ignorancia y falta de solidaridad con realidades de pobreza o marginación. Está en cada casa en la que hay problemas de violencia doméstica. Está en muchos lados aparentemente cotidianos e inofensivos en los que pensamos que nuestro jefe, un compañero de trabajo, un extraño o un conocido, un pariente o un vecino, alguien del otro sexo, alguien de otra edad, otra religión, color o gustos, es potencialmente un enemigo. Cada vez que identificamos a otro como “ enemigo” aparece ese NO-YO que nos amenaza, y reaccionamos. No hay mayor diferencia con la franja de Gaza, o Darfur, salvo por el gasto económico y la cantidad de muertos, el mecanismo es el mismo.

Si pudiéramos empezar a percibir las fronteras como algo arbitrario, fabricado por el hombre para defenderse de lo que lo asusta por
NO-PROPIO, y desde allí dejar de necesitarlas para definirnos, probablemente lograríamos evolucionar.

Por supuesto que es un poco ambicioso para proponérselo a candidatos a presidente o a generales en campaña que justifican su existencia con estas cuestiones, pero podríamos comenzar nosotros, con las fronteras más cercanas, como la mesa a la hora de comer, la oficina, o esa esquina en la que cualquiera que se nos cruce recibe tanto odio que lo convertimos casi en un enemigo étnico responsable de todas nuestras desgracias. Quizás así estaríamos un poco más cerca de solucionar en nuestro entorno más cercano cosas que parecen tan lejanas, o ajenas.