Hablando de ética
Algunas reflexiones sobre un debate público entre Umberto Eco y el Obispo de Milán,
Carlo María Martini, a propósito del estado de los valores en el occidente moderno
Otros artículos: Celos Celestes, Acceso Total
   



 


,Montevideo, Uruguay


Es muy frecuente escuchar: “Se han perdido los valores”. “Hoy nadie cree en nada” o “A nadie le importa el otro”. Son lugares comunes, escuchamos estos comentarios en el ómnibus, en la cola para pagar algo, también en el consultorio terapéutico. ¿Pero qué fundamento tienen comentarios así?
¿En qué se basan? ¿Son simples estados de ánimo individuales que “casualmente” coinciden, o es una reacción masiva ante algo que está pasando?

Intuitivamente, desde todo estrato social y cultural, las personas que manifiestan estos cuestionamientos nos están mostrando algo, si queremos verlo.
No necesariamente una catástrofe ética, sino un fenómeno muy de nuestro tiempo: Cada persona que se cuestiona el problema ético, vale decir la existencia o no de valores en una sociedad está testimoniando que está interesada en el tema, que de por sí es positivo, pero además que existe el espacio cultural para hacerlo. Se puede, y no es poco.

Si miramos un poco la historia del hombre, en cada sociedad los valores eran reglas de juego bien definidas. En la Edad Media europea por ejemplo, las tradiciones repetidas de generación en generación, las creencias religiosas, y las leyes dictadas por los monarcas eran un cuerpo compacto que no daba ningún espacio a los cuestionamientos. Ni grupales, ni individuales. Los que no creyeran en lo que decía el poder religioso eran herejes, podían ser quemados en la hoguera u obligados a retractarse, en el mejor de los casos.

Galileo Galilei tuvo que hacerlo, por descubrir que era la tierra la que giraba alrededor del sol, y no a la inversa como sostenía el clero. Un científico podía ser ejecutado por hacer la disección de un cuerpo, una mujer podía ser acusada de brujería por seducir, en general eran condenables todas las desviaciones a la versión oficial del credo católico.

Pero la intolerancia a los cuestionamientos sobre los valores, eso que impedía que nadie hiciera esta pregunta: “¿Quién dice que lo que yo hago o digo está bien o mal?”; no fue patrimonio exclusivo de la cultura europea, ni algo propio de la Edad Media. Toda cultura humana crea su propio código de valores y anti-valores. Por eso en la India las vacas son sagradas y no se las comen, los mormones tienen varias esposas, los japoneses comen con palitos y los musulmanes se ponen a orar mirando a la Meca , mientras que en Uruguay cualquiera de esas actividades nos convertiría al instante en chiflados, excéntricos, hasta delincuentes.

Así y todo es notable el espacio que tenemos hoy en día para que cada uno decida por sí y ante sí: “Qué esta bien”, y “Qué está mal”. Pero parece que tanta libertad asusta. Es mucho más cómodo y tranquilizador que nos pongan las normas los otros, que haya leyes morales, religiosas, costumbres, tradiciones que nadie se cuestione, que haya autoridades que vigilen y castiguen todos los desvíos de conducta. Pero esto que es aplicable a las reglas de convivencia social y que se traduce en leyes (civiles, penales, etc.), cada vez es menos aplicable al ámbito de la vida privada.

En lo que atañe a cómo vivir, amar, procrear, como educar a los hijos, cómo divertirse, qué y cómo hacer para relacionarnos, con quien hacerlo, cómo formar una familia, cómo hacer para ser feliz, y tantísimas cosas que antes eran celosamente reguladas por tratados de ética, moral religiosa o manuales de buenas costumbres, prácticamente todo ha pasado a estar “des-regulado”. Quedamos “huérfanos” de reglas para una buena parte de la vida. ¿Y ahora que hacemos?

La vida privada de las personas ha flexibilizado infinitamente sus reglas de juego en el transcurso del siglo XX, es en este terreno en dónde nos está costando digerir los cambios, entonces pensamos que todo el andamiaje cultural de Occidente se viene abajo. En este punto se detiene Umberto Eco el conocido escritor y ensayista italiano, autor del “Nombre de la Rosa” y “El Péndulo de Foucault”, entre otras obras, para intentar un debate de altísimo nivel con el Obispo de Milán, Carlo María Martini, sobre la ética de estos tiempos, en el libro “¿En qué creen los que no creen?”(*) Allí se confrontan dos sistemas de pensamiento y de aproximación al problema de los valores en el estado actual de la cultura occidental. “Fin de los tiempos”, “milenarismos”, ¿Apocalipsis o período de transición?, ¿Ética laica o religiosa?, son algunos de los temas que debaten, y que me parece oportuno poner arriba de la mesa para intentar dar alguna respuesta a las interrogantes que andan rondando sobre el tema. Este es un extracto de partes centrales de la polémica.

El Obispo Martini nos dice: “ Reconozco que existen numerosas personas que actúan de manera éticamente correcta y que en ocasiones realizan incluso actos de elevado altruismo sin tener o sin ser conscientes de tener un fundamento trascendente para su comportamiento, sin hacer referencia ni a un Dios creador, ni al anuncio del reino de Dios con sus consecuencias éticas, ni a la muerte y la resurrección de Jesús y al don del Espíritu Santo, ni a la promesa de la vida eterna; precisamente de este realismo es de dónde extraigo yo la fuerza de esas convicciones éticas que quisiera en mi debilidad, que constituyeran siempre la luz y la fuerza de mi obrar. Pero quien no hace referencia a este o análogos principios, ¿dónde encuentra la luz y la fuerza para hacer el bien no sólo en circunstancias fáciles, sino también en aquellas que nos ponen a prueba hasta los límites de nuestras fuerzas humanas y, sobre todo, en aquellas que nos sitúan frente a la muerte? ¿Por qué el altruismo, la sinceridad, la justicia, el respeto por los demás, el perdón de los enemigos son siempre un bien y deben preferirse, incluso a costa de la vida, a actitudes contrarias? Y ¿cómo decidir con certeza en cada caso concreto qué es altruismo y qué no lo es? Y si no existe una justificación última y siempre válida para tales actitudes, ¿cómo es posible en la práctica que éstas sean siempre las que prevalezcan, que sean siempre vencedoras? Si incluso a quienes disponen de argumentos fuertes para un comportamiento ético les cuesta gran esfuerzo el atenerse al mismo, ¿qué ocurre con quienes con argumentos débiles, inciertos y vacilantes?

“Me cuesta mucho comprender- continúa el Obispo Martini- cómo una existencia inspirada en estas normas (altruismo, sinceridad, justicia, solidaridad, perdón) puede sostenerse largo tiempo y en cualquier circunstancia si el valor absoluto de la norma moral no está fundado en principios metafísicos o sobre un Dios personal. (...) ¿Qué cimenta, en efecto, la dignidad humana si no el hecho de que todos los seres humanos están abiertos hacia algo más elevado y más grande que ellos mismos?”

Según Eco existe lo que llama “un sentido de lo sagrado, del límite, de la interrogación y de la esperanza de la comunión con algo que nos supera, incluso en ausencia de fe en una divinidad personal y providencial.” Para él, más o menos en todas las culturas hay unas ideas básicas, comunes que pueden escenificar el tema ético y dar soluciones. Veámoslo en sus propias palabras: “Somos animales de posición erecta, por lo que nos resulta fatigoso permanecer largo tiempo cabeza abajo, y por lo tanto poseemos una noción común de lo alto y de lo bajo, tendiendo a privilegiar lo primero sobre lo segundo. Igualmente poseemos las nociones de derecha e izquierda, de estar parados o de caminar, de estar de pie o reclinados, de arrastrarse o de saltar, de la vigilia y del sueño. Dado que poseemos extremidades, sabemos todos lo que significa golpear una materia resistente, penetrar en una sustancia blanda o líquida, deshacer algo, tamborilear, pisar, dar patadas, tal vez incluso danzar. Podría continuar largo rato enumerando esta lista, que abarca también el ver, el oír, el comer, o el beber, el tragar o expeler. Y naturalmente todo hombre posee nociones sobre lo que significa percibir, recordar o advertir deseo, miedo, tristeza o alivio, placer o dolor, así como emitir sonidos que expresen estos sentimientos. Por lo tanto (y entramos ya en la esfera del derecho) poseemos concepciones universales acerca de la constricción: no deseamos que nadie nos impida hablar, ver, escuchar, dormir, tragar o expeler, ir a dónde queramos; sufrimos si alguien nos ata o nos segrega, si nos golpea, hiere o mata, si nos somete a torturas físicas o psíquicas que disminuyan o anulen nuestra capacidad de pensar.  

Nótese que hasta ahora me he limitado a sacar a escena solamente a una especie de Adán bestial y solitario que no sabe todavía lo que es una relación sexual, el placer del diálogo, el amor a los hijos, el dolor por la pérdida de una persona amada; pero ya en esta fase, al menos para nosotros (si no para él o para ella), esta semántica se ha convertido en la base para una ética: debemos, ante todo, respetar los derechos de la corporalidad ajena, entre los que se cuentan también el derecho a hablar y a pensar. Si nuestros semejantes hubieran respetado estos derechos del cuerpo, no habrían tenido lugar la matanza de los santos inocentes, los cristianos en el circo, la noche de San Bartolomé, la hoguera de los herejes, los campos de exterminio, la censura, los niños en las minas, los estupros de Bosnia. (...) La dimensión ética comienza cuando entran en juego los demás. Cualquier ley, por moral o jurídica que sea, regula siempre relaciones interpersonales, incluyendo las que se establecen con quien la impone. (...) ¿Cómo es que hay o ha habido culturas que aprueban las masacres, el canibalismo, la humillación de los cuerpos ajenos? Sencillamente porque en ellas se restringe el concepto de “los demás” a la comunidad tribal (o la etnia) y se considera a los “bárbaros” como seres infrahumanos.”  

Umberto Eco le termina de responder al Obispo Martini: “Lo que usted me pregunta, sin embargo, es si esta conciencia de la importancia de los demás es suficiente para proporcionarme una base absoluta, unos cimientos inmutables para un comportamiento ético. Bastaría con que le respondiera que lo que usted define como fundamentos absolutos no impide que muchos creyentes pecar sabiendo que pecan, y la discusión terminaría allí; la tentación del mal está presente incluso para quien posee una noción fundada y revelada del bien.(...) He intentado basar los principios de una ética laica en un hecho natural (y como tal, para usted resultado también de un proyecto divino) como nuestra corporalidad y la idea de que sabemos instintivamente que poseemos un alma (o algo que hace las veces de ella) solo en virtud de la presencia ajena. Por lo que se deduce que lo que he definido como ética laica es en el fondo una ética natural, que tampoco el creyente desconoce.”

Según el Diccionario de la Real Academia, ética es la parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre. Los hombres modernos tenemos problemas con estos asuntos porque en el terreno de nuestras vidas privadas, ni la moral, ni las obligaciones a las que debemos sujetarnos son las mismas que hace 50 o 100 años atrás, pero todavía no escribimos los códigos de ética para esta nueva manera de vivir.

Por supuesto que sobreviven los grandes principios: no robar, no matar, no mutilar, no mentir, etc. Nadie discute esto, además confiamos en que las leyes que (más o menos) nos protegen de los daños por las transgresiones a estos grandes principios se cumplan. En realidad estamos un poco asustados porque los medios de comunicación nos muestran todos los días en todos los noticieros, que cada vez son más y mejores, los desastres que cometemos cuando nos llevamos por delante la ética. Cosa que, no nos engañemos, los seres humanos hicimos con devoción a lo largo de toda nuestra historia.

Pero los líos verdaderamente comienzan cuando tenemos que decidir con qué valores nos movemos en casa, es decir cuando debemos aplicar una ética personal: ¿Cómo criamos a los hijos?, ¿los castigamos o no?, ¿no los traumaremos0, ¿los dejamos que se masturben? , el psicólogo dice que es natural pero a mí me dijeron que era un pecado. ¿Habremos hecho mal en dejar de valorar la virginidad? ¿Está bien buscar solamente el placer en una relación, no deberíamos comprometernos más? Cada vez le dedicamos menos tiempo a la familia y más a trabajar, ¿el dinero hace la felicidad? ¿Tengo que meterme o no en la vida de los demás? Si lo hago soy un metido, si no lo hago me siento indiferente. ¿No quiero a mis semejantes? Prefiero ver la tele que conversar con mi pareja, ¿la tele es mala, hace que perdamos los vínculos? ¿Debemos interrumpir la gestación de un embrión que no queremos? ¿Cuándo comienza a existir una persona, desde cuándo tengo que hacerme cargo de ella? ¿Hasta dónde podemos compartir? ¿Qué cosas tengo que hacer por mi vecino, por mi abuela, por mi hermano? ¿Todas, algunas, ninguna? ¿Cuál es el sentido que le damos a la vida en común, será simplemente envejecer acompañados? ¿Qué es morirse? ¿Irse, quedarse en el recuerdo, embromar a los que se quedan, algo que se sufre, una liberación, el comienzo de otra vida, o simplemente el fin? ¿Tenemos derecho a dirigir la vida de los demás, a mandar, a castigar? A mis hijos por ejemplo: ¿hasta qué edad le digo qué hacer, cómo comer, con quien relacionarse, “abrigate que hace frío”?

Podríamos seguir varias páginas enumerando dudas éticas modernas. Los terapeutas escuchamos estas cosas a diario. Buena parte de la Psicología y la Medicina han ayudado a cambiar las costumbres antiguas por otras modernas, han destruido mitos antiguos, supersticiones, tradiciones obsoletas, y concepciones morales basadas en prejuicios e ignorancia. Hemos ido tan lejos que competimos con Dios, con los códigos de moral y con las leyes.

“Parir a los hijos con dolor” lo hemos transformado con anestesia, técnicas de relajación, cesáreas y partos acuáticos. Los pecados capitales: ira, pereza, envidia, lujuria, avaricia, gula y soberbia, ya no parecen condenar a nadie, a lo sumo, si exageramos, siempre podemos tratarlos como rasgos neuróticos en lo del Psicólogo. Junto con los médicos aconsejamos: “tenga una vida sexual plena”, exculpando como, cuando, dónde y con quién. ¿Reprimir? ¿Castigar? ¿Culpabilizar? A los hijos nunca, decimos los psico-pedagogos, los pediatras, las maestras. En la terapia de parejas enseñamos que ninguno manda sobre el otro, le dimos certificado de defunción a la “autoridad patriarcal”. “Hacé lo que sientas”, le decimos a la mujer que está pensando en separarse del marido. ¿Adulterio? “bueno no es tan grave, prueben una terapia de pareja”, recomendamos a tan solo unas décadas de derogados los artículos del Código Penal que disculpaban el asesinato por el hombre de la mujer adúltera pescada “in fraganti”. La búsqueda del orgasmo guía a la pareja moderna con mucha más fuerza que la obligación conyugal, el sacrificio por la familia o la sumisión a una hipotética autoridad moral o religiosa. “¿No te hace el amor como es debido? Entonces mandalo al cuerno”. Antes decíamos. “Deje llorar al nene, que se acostumbre a ser frustrado”, ahora: “déle pecho cada vez que llore, ¡frustrarlo jamás!”. Los hijos crecen, no estudian, no laburan, salen todas las noches, cambian de novias y novias todos los días: “Hay que comprenderlos, no hay que reprimirlos”. Un día terminan en la comisaría por escándalo o consumo de drogas y no sabemos si nos tenemos que enojar o seguirlos comprendiendo, como nos dicen los psicólogos y los modernos educadores.

Con la Ciencia explicamos más y más cosas, la idea de que hay conexión entre lo que hacemos y lo que nos pasa, se ha desprestigiado: “pensamiento mágico, proceso primario, como los niños y los locos”, dicen las “autoridades médicas”. Perdimos la mística de estar unidos con el todo. La idea de absoluto, y por lo tanto de Dios, es sustituida por miles de transacciones con la vida, triviales, sin consecuencias, buenas o malas ¿qué importa? “Actué bien o mal, no pasa nada, no hay consecuencias, no hay nada absoluto, autoridad, ley, principios morales, o Dios que me castiguen. Mi destino no tiene nada que ver con lo que haga”, pensamos los occidentales modernos y “cultos”, porque no hay ninguna prueba científica de que sea así. Pero liberados de la mística, clamamos porque nos falta esa misma mística y nuestras vidas no parecen tener sentido.

En el debate entre un creyente y un racionalista laico, cada uno busca extraer fuerzas de distintas fuentes. El religioso dice que para hacer el bien es necesario que haya un Juez absoluto, alguien arriba de nosotros que nos vigile, nos guíe y nos castigue, según como nos portemos y del cual no hay escapatoria. El racionalista dice que no necesitamos tal juez, eso sería menospreciarnos como especie. Podemos ser nosotros mismos con nuestra razón los que encontremos el camino, sin tener que someternos a la autoridad del juez supremo. Podría ser un asunto de miradas: “Mira hacia arriba” dice el religioso. “Piensa, mira hacia tu conciencia” dice el laico. Quizás nosotros pudiéramos proponer una tercera mirada: “Mira como te sentís, mira tu corazón”. Cada vez que nos tenemos que enfrentar junto con cada persona en terapia, en un taller, en un grupo, nosotros estamos proponiendo encontrar una solución personal al tema ético, adentro de uno mismo.

Quizás adentro de nosotros mismos en vez de fragmentarnos en múltiples y amorales conductas sin sentido, porque a cada uno se le ocurre cualquier cosa, encontremos ¡oh sorpresa!: El absoluto. En el sentimiento del bien, del amor, de la paz, por la experimentación directa. Por saber que colores tienen esas cosas, que sabores, que texturas, que sonidos. Por comprender a través de la experiencia compartida que aunque tengan distintos gustos y colores para otros, todos nos sentimos más o menos igual al experimentar tales cosas, y que es deseable lo mismo para todos los demás seres. Esto tiene que ver con una nueva manera de encontrarnos con los valores, y con la ética. Una nueva forma, que nos aleje del autoritarismo, o de los falsos absolutos, proponiéndonos un encuentro mediante la experimentación directa de los valores, y del encuentro con los otros desde allí. Tampoco se trata de ponernos a pensar, media hora o dos semanas antes de hacer cada cosa, tratando de hacerla bien. Al proponer experimentar también descartamos la idea de “conductas perfectas”, un falso absoluto en los que caen tanto los religiosos como los racionalistas. Experimentar con otros el amor, el placer, la paz, la bondad, no excluye, el displacer, el odio, la maldad, el conflicto. Al contrario. Al pretender polarizar la experiencia humana vamos al desastre.

Solo integrando todo lo que somos podemos aceptarnos completamente, y aceptar al otro. Esta ética, basada en la profunda aceptación del ser humano en todos sus aspectos, positivos y negativos, puede parecer de la más absoluta falta de ética, o de moral. A simple vista el no separar cuidadosamente “lo malo” de “lo bueno”, quedamos expuestos a que nos digan que vamos “contra de la moral”. Pero mal que les pese a algunos, nuestro trabajo da resultado y la experiencia no miente, al propiciar el encuentro con nosotros mismos y con los demás desde la más profunda aceptación de TODO lo que somos, en vez de surgir un “caos amoral” surge exactamente lo contrario: un compromiso profundo y consistente con lo mejor que tenemos: nuestro amor, nuestro deseo de bien, nuestra fidelidad, nuestra capacidad de sentir placer, nuestra tendencia a lo trascendente. Y por experiencia, sabemos que quienes reciben esto de nosotros, nos darán eso mismo y no hay mejor autoridad a la que rendirle cuentas si esto no ocurre que a nosotros mismos, reunidos como grupo humano. Esto proponemos en GESTALT.

Cuando atendemos los problemas que nos presentan en la consulta y proponemos esta aproximación podemos ayudar verdaderamente a los que vienen con la confusión ética de la vida diaria. Podemos ayudar a hacer contacto a cada persona individual, a cada pareja, a la familia, a distintos grupos humanos con lo que siente en el presente, cuando esto ocurre aparece la respuesta a los conflictos éticos, a las dudas sobre los valores, desde otro plano. No desde arriba, como si fuera un mensaje divino, tampoco desde la racionalización, ya que a menudo casi todos los problemas y dudas vienen desde allí. Al experimentar el encuentro con uno mismo y con los demás desde los afectos, la bondad, el amor, el valor del otro, el compromiso con esos vínculos surge naturalmente como parte de la vivencia. No hay nada que explicar, no hay nada en que creer, no hay autoridad que reglamente lo que simplemente pasa, y eso que nos pasa tiene la fuerza de lo que se ha experimentado. Sólo el que ha volado sabe lo que es ver el mundo desde arriba, sólo el que se ha zambullido sabe lo que es mojarse, sólo los que han experimentado por sí mismos la experiencia de relacionarse con amor, respeto u honradez pueden valorar debidamente y repetir tales experiencias.

Claro, puede parecer que esto es peligroso. Que es mejor prevenir que curar. Que hay que controlar posibles desviaciones. Que a gente que no le tengamos confianza, delincuentes, malhechores, extraños, o simplemente distintos, no le vamos a abrir la puerta de experimentar juntos vivencias de encuentro. Puede ser, siempre hay “peros”. Aunque tenemos una consistente experiencia, respecto a lo beneficioso que resulta en las vidas de las personas cuando empiezan a vincularse “desde lo que sienten” y como tal cosa reformula su manera de entender a los valores. También puede decirse que no todos accederán a esta forma de encontrarse con los otros o que haya personas que se aprovechen para manipular a los demás engañándolas sobre lo que sienten. No nos preocupa mayormente, cada uno decide, y debe atenerse a las ventajas o desventajas de lo que decidió, que al final de cuentas es inevitable. Los que acepten el encuentro con otros, serán aceptados, los que lo rechacen, serán rechazados, los que lo hagan con mayor compromiso, recibirán un mayor compromiso hacia ellos, a la corta o a la larga, en los grupos humanos recibimos lo que damos. Más que una mística esto es una comprobación desde la vivencia. Y un entrenamiento ético desde lo único que realmente enseña: la experiencia.

Parece oportuno hablar de estos temas, en este tiempo en que lo ético se nos presenta demasiado conectado a lo “utilitario”: “Si me sirve está bien, si no me sirve, está todo mal”. Más que ética esto parece una regla de atención al cliente, pero que está muy de moda. El debate acerca de “valores” que emprenden Eco y Martini, marca una vuelta a la necesidad de encontrar un sentido filosófico a la vida. Bienvenido sea ese retorno, debatir acerca de ¿qué esta bien? y ¿qué está mal? a veces parece pasado de moda. No es así, el conflicto ético está en todos nosotros, que intentamos a cada paso darle sentido y trascendencia a nuestras vidas. No podemos estar ajenos a esto, y si no probablemente caeremos en “la moral de la tele ”.

¿Saben cual es? Esa en la que da la impresión que todo es lo mismo, porque aparece un político y te dice que va arreglar todo y uno sabe que no lo puede hacer, y viene otro a contestarle y dice que todo lo que pasa de malo es culpa del otro y viene un tercero y descalifica a los otros dos y uno ya no sabe quien miente y quien dice la verdad. Y después vienen los avisos y parece que todo el mundo pudiera comprar todo lo que nos venden y uno no entiende como hay gente que puede comprar todo eso si el político que habló antes dijo que estábamos en crisis y el salario mínimo no da ni para pagar la primer cuota de nada de lo que nos intentan vender. Y después te cuentan la catástrofe con decenas de muertos, y después viene el concurso que te regala autos cero Km. y después el testimonio desgarrador de un jubilado y después una hermosa modelo top nos vende helados y todo es más o menos lo mismo. Todo entreverado “como en la vidriera del Cambalache, en la que nada es peor, todo es igual”, como dice el tango. Todo vale más o menos lo mismo.

¿De qué sirve cuestionarse tanto si así tampoco las cosas van a cambiar?, diría el tipo que ve la tele. Podríamos decirle que si la apaga y toma contacto dos minutos con lo que realmente siente se va a dar cuenta de lo lejos que está de sí mismo. Y si lo sigue haciendo, y persevera, irá descubriendo que tiene la capacidad de sentir cosas por sus semejantes, de transmitirlas, de comprometerse con los vínculos, de sentir lo beneficioso que es dar y recibir afecto, y experimentar que puede pasar que reciba tanto como lo que dio. Cuando lo haga se sentirá muchísimo mejor que viendo avisos y deseando cosas que no podrá pagar, o quejándose, inútilmente de que “no hay moral”, “no hay valores”, o que “la gente no cree en nada”. Entonces el debate sobre ética quizás ya no sea necesario, y tampoco proyectar a los demás que no tienen valores cuando es uno el que los perdió.

(*) ¿En qué creen los que no creen? (Un diálogo sobre la ética del fin del milenio). Umberto Eco, Carlo María Martini, y otros. Planeta. 1996