La violencia de los mansos

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,Montevideo, Uruguay

Tribilín es uruguayo.

Cuando era chico repetían a cada rato un dibujito en el que el bueno de Tribilín se transformaba en un energúmeno, una especie de “hombre lobo”, en cuanto se subía a un auto y empezaba a manejar. Agredía a todo el mundo, puteaba, amenazaba, una verdadera bestia peluda, pero que por arte de magia volvía a ser el Tribilín de siempre al descender del auto, alguien incapaz siquiera de destratar a una mosca.

¿Qué le pasaba? me preguntaba en esa época en que desconocía completamente el arte del manejo, mas, en las infernales calles del Montevideo de principios de siglo XXI. Me lo sigo preguntando al día de hoy en una cantidad de situaciones en que los aparentemente mansos “Tribilines” uruguayos, se transforman en salvajes. En el tránsito es una obviedad, está lleno de “mansos” que se trastornan apenas tienen la oportunidad de sentarse al volante de algo, sea un O Km. o la motito de un “Delivery”. Veamos otros casos.

Estamos en uno de los tantos boliches montevideanos con tele bien grande, que se sobreentiende es para ver fútbol. Tres y algo de la tarde, el público habitual, tranquilo, familias, alguno solo, parejas, pero que empiezan a acomodarse distinto. Algo aparentemente importante está por pasar. Va a empezar un clásico: Nacional vs. Peñarol, o al revés, como mas les guste. Silencio. Ya es la hora casi. Hay tensión. PRIIII! Empezó.

El clima en el boliche ha cambiado completamente. Casi no se escuchan ruidos. Las familias no conversan, los nenes no gritan, las parejas han dejado de mimarse, hasta los mozos hacen sus pedidos en voz baja, casi nadie come o bebe, todos están absortos con la atención puesta en el partido. No es una atención tranquila, hay algo mas, como decirlo, hay angustia, hay preocupación. En exceso. ¿Qué esta pasando?

Los pocos indiferentes al embrujo futbolero se han ido, quedan los demás, atrincherados en forma de barras. Han aparecido gorritos, camisetas, alguna bandera, cornetas. Ya no hay bar, estamos en una tribuna. Los pocos que no se han definido son sospechosos, el resto ya está cruzando miradas fieras, y algún que otro comentario picante va de aquí para allá, como para fijar posiciones. El aire se corta con un cuchillo. En las primeras jugadas polémicas hay insultos.

“Bolsos putos” “Manyas cagones” “Chorros” “Sucios ”; son algunas de las cosas que se escuchan. ¿Qué pasó con el ambiente familiar? La cosa se pone cada vez más personal. Cada situación del juego es tomada como una provocación y debe ser contestada. Los mozos deben sacar del local a dos de los más exaltados. La violencia se percibe en cada acción, dentro y fuera de la cancha. Los jugadores se pegan hasta por gusto. El juez no sabe como hacer para controlarlos, pero sabe muy bien que la tribuna, en el Estadio, y en cada boliche del Uruguay espera y valora esa dosis de ¿”garra”? ¿violencia? ¿matonismo? ¿”huevos”? con que se juega. En fin. Una hora y media después el boliche recobra su aire familiar como por arte de magia. Vuelven los Tribilines, no queda ninguno de los energúmenos que miraban el clásico. Pero la clientela no se ha renovado, casi. ¡Son los mismos! Eso es lo asombroso.

Hay más ejemplos de Tribilines convertidos en bestias, basta recorrer canchas de básquet, de la Liga Universitaria , hasta de Baby-futbol. Allí he visto las transformaciones más asombrosas en dónde hombres y mujeres aparentemente inofensivos mutan en instigadores al homicidio del rival con tal de ganarle una pelota dividida. “¡Matalo!” “¡Pegale!” “¡Reventalo!” son algunas de las cosas que les gritan a niños de 8 o 9 años. Después, cuando el partido termina, vuelven a ser los padres más amorosos del mundo.

Salgamos ahora a las “apacibles” calles montevideanas. A simple vista gente mansa, mediana edad, o mayor, pocos jóvenes, el ritmo es lento, el aspecto es homogéneo, ni muy pobres ni muy ricos, no hay tensión social visible, nada que anuncie un desborde violento. Tribilines por todos lados. Ningún lobo feroz dispuesto a hacerle daño a nadie, pero si prestamos atención veremos súbitas transformaciones, fugaces pero reveladoras.

De repente un veterano con aire respetable le dice furibundas groserías a una chiquilina que podría ser su nieta. Por allá unos adolescentes que se pegan, y se pegan, sin motivo aparente. Por acá insultos y humillaciones a los diferentes: al débil, al gordo, al de lentes, al negro. Una pareja se insulta a los gritos adentro de un auto. Una madre sacude con furia a un nenito tan chiquito que es poco probable la comprensión de la medida punitiva. Un mozo intercambia saludos obscenos con el del kiosco. Una señorita de minifalda soporta estoicamente una lluvia de proposiciones sexuales desde un camión con personal de la Intendencia. Se trata en todos los casos de Tribilines. Pasados esos 30 segundos de ferocidad, las bestias desaparecen, y nadie diría que fueron capaces de la más mínima dosis de agresividad. No dejo de sorprenderme.

Animales

En Occidente durante milenios hemos creído que el ser humano era algo muy diferente de los animales.

En el mito bíblico del Génesis Dios nos crea a su imagen y semejanza, para reinar entre el resto de las criaturas. Dotados de Alma para los religiosos, de Razón para la mayoría de los filósofos, poner en duda la superioridad frente a los animales era problemático. El pobre Darwin temía dar a conocer sus teorías por miedo a que lo excomulgaran. En general cada científico que sale a confirmar nuestra naturaleza animal, más cercana a los monos que al ser espiritualmente superior en que creyeron nuestros máximos pensadores históricos, desde Aristóteles, a Descartes, pasando por Santo Tomás y todos los pensadores confesionales, se las ve en problemas. ¿Por qué?

Según parece a los seres humanos por más filósofos, iluminados y religiosos que seamos nos cuesta vernos en nuestros peores aspectos. Esto no es nuevo para la Psicología pero es relativamente novedoso en la historia del pensamiento.

¿Dónde está el alma del que cree que hay que matar a los hinchas del cuadro contrario? ¿Dónde está la razón del que cree que su enemigo es el del auto de al lado? ¿Dónde está ese “ plus” que supuestamente nos hace “mejores” que los animales? ¿De dónde sacamos que somos tan superiores a los monos, los osos, o las focas, por ejemplo? En todo caso creo que cualquier especie animal maneja su agresividad muchísimo mejor que nosotros, los humanos pseudo civilizados de estos tiempos. La pregunta correcta es ¿ por qué la manejamos tan mal?

Creo que una respuesta bastante obvia es: Porque a priori la negamos .

No nos concebimos a nosotros mismos portadores del potencial destructivo que tenemos. Cuando este aparece no lo integramos como una conducta más. Lo negamos. No nos hacemos cargo. “No se lo que me pasó” “Fue un momento de locura” “No era yo”. Se atribuye a fuerzas externas, demonios, malas influencias, o a la provocación de los demás, las circunstancias. Todo viene bien para no hacernos cargo cuando hay una bestia escondida en el más manso de los Tribilines.

Tribilín a terapia.

Para conocernos un poco mejor deberíamos recordar que no nacemos civilizados. Salimos de un útero llorando como marranos, sin entender el mundo más que en clave de dos emociones básicas, satisfacción y frustración .

Ante ellas reaccionamos y lo hacemos con toda la vehemencia que nos permite nuestra naturaleza. Lloramos y pataleamos por comida, mimos, atención, nos sentimos felices y plenos cuando nada nos molesta y somos saciados. Y poco más. Luego nuestro sistema nervioso se va sofisticando y las experiencias se hacen más complejas. Satisfacción y frustración se subdividen en alegría, placer, dolor, miedo, bronca, y a medida que crecemos mas emociones aparecen, cada vez mas refinadas. El desafío mientras crecemos es aprender a manejarlas, en cada circunstancia, y a obtener del medio lo que necesitamos. ¿Cuánto debo esperar para recibir alimentación? ¿Con cuánta potencia debo expresar mi enojo para ser atendido? ¿A qué temerle, a que no? ¿A quién demostrar cariño, a quién odio? ¿Cuánto amor necesito, cuándo, de quién? Todo esto, y mucho más, es parte de un largo aprendizaje.

En cada uno de nosotros conviven Tribilín y el Hombre Lobo. Son aspectos que están más o menos integrados en nuestra personalidad, que va siendo educada a lo largo de un proceso educativo que en la especie humana es el más largo y complejo del mundo animal.

Las emociones negativas aparecen desde el principio de nuestras vidas espontáneamente cada vez que algo nos frustra. Es imprescindible en cada individuo un proceso de aprendizaje para integrarnos a la vida con los demás, en dónde la frustración está presente constantemente. A medida que vamos creciendo y dejamos de ser niños atendidos por nuestras madres cuando algo nos hiere, nos asusta o nos molesta, debemos hacernos cargo nosotros para poder soportar esas contingencias, cada vez con menos ayuda de los adultos que nos cuidan.

En un proceso de crecimiento normal es esperable que al final de la niñez podamos hacernos cargo de la dinámica satisfacción-insatisfacción. Esto no supone por supuesto prescindir de los demás sino integrarnos armónicamente con ellos, en un proceso que denominamos socialización. Entonces las emociones negativas apareceran y por nosotros mismos podremos hacerles frente, encontrando la satisfacción de necesidades adecuada para recuperar el estado de satisfacción y por lo tanto volvernos a sentir emocionalmente en positivo, con nosotros y con los otros.

La conducta orientada por la satisfacción de necesidades que emergen sistemáticamente en un continnum perceptivo no está reservada a los seres humanos, cualquier animal orienta su comportamiento hacia la satisfacción de sus necesidades básicas huyendo del displacer, del miedo y del dolor, pero en nosotros por obvias razones el proceso es muchísimo mas complejo. El abanico de emociones a distinguir es mas amplio, la gama de respuestas es infinita y en muchísimos casos estamos muy despistados, sin saber qué sentimos, ni mucho menos, qué hacer con eso.

La frustración va a estar presente todo el tiempo, es imposible que nos deshagamos definitivamente de ella pese al montón de propuestas publicitarias, médicas, espirituales, mágicas, de mentira, que con total liviandad pululan por ahí proponiendo combatirla. La frustración es como el hambre o el sueño, siempre va a aparecer, el secreto es aprender a manejarla adecuadamente.

Los Tribilínes, como el Dr. Banner, o el Dr. Jekyll, conviven con sus monstruos interiores de mala manera. Aparecen los Hulk, o los Mr. Hyde, y los toman por sorpresa. En realidad se trata de una emoción básica: la Ira , malamente entrenada, escindida de la personalidad, que aparece como si la frustración justificara automáticamente su existencia. Al manso que desconoce una parte importante de sí la emergencia súbita de la emoción negativa lo toma desprevenido. Entonces los Tribilines dirán, igual que el Dr. Banner : “No soy yo cuando me violento”. Y será verdad para ellos.
El desconocimiento de si mismos es el que los lleva a caer en excesos de los que lamentablemente no podrán hacerse cargo.

Será el resto de la Sociedad quién deberá cargar con ellos, a menos que nos tomemos mucho mas en serio el aprendizaje, en edades tempranas, del manejo de las emociones, un tema tan importante como la lectura o las tablas de multiplicar, pero hasta ahora dejado de lado, quizás por aquella antigua creencia de que el ser humano es mucho menos “animal” de lo que es. Se trata sin duda de una asignatura pendiente, y no veo por ningún lado propuestas educativas serias al respecto.